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Textos que ocurren

Manuel Segade

Texto incluído en el catálogo de la exposición Generación 2013 Proyectos de arte Caja Madrid


Las obras de Martin Vitaliti (Buenos Aires, 1978) operan en un régimen de representación aparentemente literal: a través de una combinación de prácticas simples y reiteradas, se apropia una anécdota narrativa tal y como es contada a través de los recursos gráficos del cómic para volverla real. En una de sus piezas, por ejemplo, Superman tira de la propia página en la que se inserta su cuerpo dibujado, sacando su movimiento de la viñeta y volviéndolo sobre la hoja misma.

El método tradicional para volcar la representación sobre lo real es el trompe-l’œil, que hace que lo pintado o esculpido como representación sean indistinguibles al ojo y parezcan una prolongación de lo que existe. Este recurso ficcional barroco puede ser leído como un añadido a lo real desde el imaginario pero también como el indicio inquietante de una duda: la de que lo que no es trompe-l’œil pudiera acaso ser un engaño, pertenecer a otra modalidad perversa de la representación. Vitaliti se queda un paso atrás de esta opción conservadora y ocularcéntrica, que entiende lo imaginario como una trampa engañosa, manteniendo una autonomía estratégica que detiene su radio de acción dentro de la textualidad del lenguaje del cómic a partir de una doble estrategia.

Por una parte, una serie de operaciones de análisis bien precisas le proporcionan esquemas formales también concretos; por otra, aplica estos a unos materiales de origen que responden a un código lingüístico determinado. Los procesos de análisis con repercusiones formales se inscriben en el marco de una técnica artística que interviene por medio de la substracción –el recorte, la anulación, la desaparición- y la adición –la yuxtaposición, la superposición, la ocultación-: es decir, registros que se pueden adscribir a lo que se entiende como collage. Cuando el repertorio de posibilidades estilísticas del collage se aplica sobre un material de origen con un estilo bien codificado como el cómic, se produce un doble nudo, una sujeción paradójica a partir de dos fuerzas de tensión contraria. El significado se produce en la tensión de ese supuesto vacío entre dos marcos codificados que se señalan, se revelan, se enmarcan el uno al otro en un bucle tautológico, como un espejo tendido sobre la representación.

#17 es una superficie cubierta de páginas de cómics fotocopiadas de las que han sido eliminadas la mayor parte de las viñetas, resultando en hojas tan recortadas que lo primero que capta el ojo son las celdas, los restos rítmicos de su estructura narrativa. Desde su serie de libros de artista en los que aísla elementos del lenguaje del cómic, los procesos de trabajo de Martin Vitaliti evidencian el conocimiento de que si un cómic es legible es precisamente gracias a sus elementos paratextuales. El texto es el marco retórico necesario –parergon para Derrida–, el indicativo que da pie al trabajo con los elementos a los que sirve de cerco.

Junto a la permanencia de esos marcos, hay unas pocas viñetas descontextualizadas, donde personajes perdidos en medio de vacíos narrativos, hablan precisamente sobre su desaparición. Estas apropiaciones, estos fragmentos salvados en el interior de sus marcos, cuentan un vacío que salta como un eco sobre el de las viñetas recortadas, estructuras que penden también de otros marcos, acotadas por sus visibles números de página.

El teórico de la literatura Gérard Gennete definió como metalepsis este salto de una narrativa a otra, de un modo de representación al otro. El método metaléptico de Vitaliti hace que los efectos de significación del lenguaje se vuelvan reales dentro de su propio seno. El vacío en el que se encuentran los personajes es al tiempo un vacío que ocurre en sus páginas. #17 es una demostración de cómo el tejido de la representación, en un lenguaje discreto, incluye dentro de sí mismo su propio referente, sin necesidad de salir a lo real más que como una forma de comunicación de este mensaje. Su artimaña rebela una esperanza que es al mismo tiempo una rebelión en el seno del lenguaje: la constatación de que el medio, como forma de comunicación, es el mensaje pero no como razón tecnológica sino como demostración del poder que contiene en sí misma la representación.